Japón, resistencia a la globalización y el multiculturalismo

Blog
Imagina un país sin inmigración. Imagina un país sin Islam. Imagina que este país tuviera la menor tasa de delincuencia del mundo. Imagina que además fuera la tercera economía más fuerte del planeta. Imagina unos servicios de sanidad, educación y ocio intachables. Este país es Japón, una sociedad homogénea y cohesionada que resiste a los intentos de penetración de la globalización y el multiculturalismo.

EL MILAGRO ECONÓMICO DE JAPÓN.

Japón es baluarte asiático que se empeña en desautorizar las teorías globalizadoras y multiculturales. Pese a ser absolutamente refractario a la inmigración, que actualmente se sitúa en un 1.6% de su población, es la tercera economía más importante del mundo.

La geografía de Japón hace más sorprendente su desarrollo. Al ser una isla no dispone de las materias primas necesarias para alimentar su industria. Su escasez de recursos es tal, que ni siquiera la producción agrícola es suficiente para cubrir más que una pequeña parte de su propio abastecimiento alimenticio. El milagro japonés se basa en una industria extremadamente productiva, que genera bienes de alto valor añadido con pocas exigencias energéticas. Tanto la producción como los productos industriales, son los de más bajo consumo que la tecnología permite. A pesar de la rotunda presencia de Japón en el mercado globalizado no es un país liberal. Su economía está fuertemente intervenida. Regularmente el gobierno lanza planes económicos que las empresas se comprometen a cumplir.

INMIGRACIÓN CERO EN LA TERCERA ECONOMÍA DEL PLANETA.

El archipiélago es la prueba incontestable de que no hay necesidad de soportar la inmigración como un mal necesario, para gozar de una economía privilegiada. Su modelo de “inmigración controlada” prohíbe la contratación de mano de obra ilegal y permite solo la entrada a trabajadores altamente cualificados con contrato previo y extranjeros de origen japonés considerados culturalmente compatibles.

Nadie puede ir a Japón y “buscar allí un trabajo de lo que sea”. Simplificando podríamos señalar que sin una carrera universitaria y años de experiencia es muy difícil conseguir un visado laboral. Los títulos académicos tienen que estar relacionados con el trabajo realizar. No se puede entrar en Japón con un permiso como ingeniero aeronáutico y trabajar después de cajero en un supermercado. De esta forma los nipones aseguran el aporte que realizan al país los inmigrantes y además en caso de necesidad, la población autóctona siempre puede acceder a los trabajos de la escala más básica.

La mitad de las personas que el gobierno califica como inmigrantes, son descendientes de chinos y coreanos que nacieron y están asentados en el país. La ley recoge sin ningún rubor la distinción entre tipos distintos de inmigrantes con diferentes limitaciones de sus derechos. La sociedad nipona se rige por el “ius sanguinis”. Alguien con antepasados japoneses, tiene el camino más fácil para conseguir la nacionalidad. La naturalización de un occidental es muy dificil. Con estas medidas han logrado una envidiable homogeneidad, donde casi el 99% de la población es de origen japonés.

El control sobre el colectivo inmigrante es férreo. Cualquier extranjero que lleve más de 3 meses debe tener una tarjeta de identificación de inmigrante. Cuando se cambia de domicilio debe ir al “kuyakusho” o ayuntamiento de barrio para notificar el cambio, que queda escrito en la parte posterior de la tarjeta. Hay dos semanas para hacer este trámite. Si no se notifica el cambio en 14 días la multa puede llegar a ser muy cuantiosa y si se demora hasta los tres meses, lleva aparejada la pérdida del permiso de residencia.

En la frontera los turistas o residentes extranjeros son requeridos para escanear y registrar sus huellas dactilares con el objeto de comprobar su identidad y detectar a aquellas personas cuya visita las autoridades no consideran recomendable. La pena por falsificación de documentos o delito de residencia ilegal en Japón, puede llevar al infractor a la cárcel.

JAPON Y EL ISLAM.

Japón a día de hoy, es en la práctica es una tierra sin Islam. El enfoque japonés del problema musulmán, se evidencia en los datos de población. En Japón hay 127 millones de habitantes. Las cifras más generosas según las propias fuentes islámicas en el país, sitúan en tan solo 100.000 el número de musulmanes. Este porcentaje supone menos del 0.1% de la población total.

En contraste con lo que ocurre en Europa, muy pocos japoneses se sienten atraídos por el Islam. Los japoneses no sienten la necesidad de disculparse por su visión negativa del Islam y los musulmanes. En Japón, el islam es percibido por la población “como una religión extraña e indeseable, que toda persona inteligente debe evitar”, según declaraciones atribuidas a autoridades académicas de la Universidad de Tokio. Si bien es cierto que en los últimos años, el Gobierno japonés está haciendo esfuerzos por adaptarse al turismo islámico, que crece rápidamente. Ya se pueden encontrar en algunos aeropuertos japoneses las primeras salas de oración o venta de comida halal.

DELINCUENCIA MÍNIMA Y EXTRAORDINARIO NIVEL CULTURAL.

Japón ostenta también otros records positivos. Tokio, capital de Japón, es la ciudad más segura del mundo. A pesar de sus más de 13 millones de habitantes, que la convierten en una de las más pobladas del planeta, consigue mantener casi en cero el número de asesinatos.

Numbeo es una de las bases de datos de internet más grandes del planeta. Es responsable de la publicación del Índice de Criminalidad. Una estimación general de la delincuencia en una determinada ciudad o país. Según esta agencia, el país con menos delincuencia del planeta es Japón. Cifras que coinciden con las aportadas por otros organismos internacionales como la ONU. A pesar de la crisis, estos datos siguen descendiendo, a este ritmo en 2015 el número de delitos caerá por debajo de los reportados en 1973.

La prestigiosa revista Monocle Magazine realizó una clasificación de las mejores ciudades del mundo para vivir. La investigación valoró 11 factores, como el nivel de delincuencia, el de formación y educación, los servicios sanitarios, la tolerancia social o la facilidad para encontrar ocio. Tokio, fue seleccionada como la cuarta ciudad del mundo más satisfactoria para vivir.

En el país del sol naciente, el sistema de educación convierte a su población en una de las de mayor nivel cultural. El número de lectores de periódicos es el más alto del mundo. La esperanza de vida ha aumentado un promedio de 30 años, en el último medio siglo. Los ancianos son normalmente cuidados en casa y no en instituciones u hospitales. El índice de analfabetismo en adultos no llega al 1%, a pesar de contar también la población más longeva del planeta. La preocupación por la naturaleza es tal, que el 67% de su suelo está cubierto de bosques protegidos.

ENTENDER LA SOCIEDAD JAPONESA.

Aunque resulte una perogrullada, el verdadero motor del milagro nipón son los japoneses y por extensión la homogeneidad y continuidad histórica de su población y cultura. Sus rasgos colectivos más destacados son la cohesión, la solidaridad y la mínima búsqueda de independencia social, que contrasta con la ansiedad que ésta provoca en el mundo occidental.

Es una sociedad marcadamente vertical. Favorece todo tipo de estructuras jerárquicas, como la prioridad de la edad o generación. Su carácter está presente hasta en el lenguaje, lleno de términos específicos como “sensei” o “senpai”, que hacen referencia a una veteranía o a un haber nacido antes. La familia es aún la forma básica de organización social. En el pasado cada japonés entendía su lugar en esta vida, en primer lugar como miembro de su inmediata familia, que a su vez era parte de un linaje que el hijo mayor debía siempre encabezar. La casa (“ie”) era concebida como un grupo de personas altamente interdependiente en el que todos sus miembros compartían recursos, identidad y responsabilidad. Los esfuerzos se aunaban en torno a la empresa moral o económica del momento, en la que toda “la casa” se hallaba involucrada. Hoy en gran medida estos valores siguen vivos y sostienen un modelo familiar basado aún en la conjunción de objetivos.

Este modelo familiar japonés resulta determinantemente superior frente al actual modelo europeo. El actual modelo occidental se basa en la simple suma de individualidades, sostenidas en el mejor de los casos por el amor (cuando no por la conveniencia), pero adolece de un fin común. De forma general la estabilidad de la familia japonesa ha sido siempre tradicionalmente alta, si comparamos el número de divorcios en Japón y en los países europeos. Aunque esto está empezando a cambiar.

Encontramos en su expresiones, descripciones específicas de sus modelos de conducta. El sentido del “on” es la obligación contraída al recibir un favor. La conciencia del deber se denomina “gimu”. El sentimiento de justicia denominado “giri”, impulsa a la reciprocidad de favores. La virtud más tradicionalmente valorada es la autenticidad o “makoto”, definida como entrega plena al propio deber, rectitud, desinterés y autodisciplina.

Aquellos pilares añejos como la familia, el paternalismo bien entendido y lealtad, se convirtieron antaño en rasgos dominantes de una sociedad en la que el emperador era considerado el padre de toda la nación. De alguna forma esta perspectiva se han instalado dentro de la empresa, en la relación de empresario y empleado. Ha subsistido también en la escuela, donde se fomenta entre los niños la cooperación, la disciplina de grupo y la mutua empatía.

Este orden sin embargo es compaginado desde hace siglos con la búsqueda de un máximo consenso y de una extremada “armonía jerarquizada”. Para los japoneses la democracia es más que una forma de gobierno, un modo de relacionarse los individuos a través de la consulta continua. Por algo hay quien les califica como el país por excelencia de las reuniones.

PROBLEMAS Y ASALTOS LIBERALES EN JAPÓN.

Aunque hoy siguen siendo la tercera potencia económica del mundo, el milagro japonés sufrió un frenazo en su desarrollo en la década de 1980 y entró en crisis en la década de 1990, año en que además estalló su burbuja financiera e inmobiliaria.

La corrupción de la clase política, es también un mal endémico de Japón igual que en Europa. Tras más de medio siglo en el gobierno, el PDL (Partido Demócrata Liberal), este tejió oscuras relaciones con las grandes empresas del país, de las que fueron emanando sus principales leyes, líderes y candidatos. Los sucesivos gobiernos de distintos colores, abanderados de una política de limpieza y transparencia, han resultado todos un espejismo.

Otro grave problema es el de la natalidad. Japón alcanzó máximo de población en 2006, con 128 millones de habitantes, desde entonces se producen más fallecimientos que nacimientos. De seguir así las cosas en el año 2050, el archipiélago apenas estará poblado por 95 millones de personas. Por cada 100 empleados habrá 73,8 pensionistas.

Como era de esperar, esta situación ha sido aprovechada por los intereses liberales, para reclamar la apertura de Japón a la inmigración. Los propietarios de las grandes empresas, estrechamente vinculados a la política y la corrupción, integrados en el “Keidanren” (Federación Empresarial de Japón), demandan la entrada de más mano de obra extranjera. Pero los grandes partidos, a pesar de que dependen estrechamente del empresariado, son plenamente conscientes de la oposición unánime de la población a la apertura del mercado de trabajo a extranjeros. Por ello ninguno se atreve a incluir medidas significativas en sus programas.

Los japoneses siguen estando a favor de que se preserve su cultura uniforme. Un sondeo publicado en el periódico Asahi Shimbun, daba testimonio de que a pesar de la crisis y la consciencia de la situación, solo el 26% de los japoneses es receptivo a aumentar en alguna medida las cuotas de inmigración.

Según el economista de la Universidad de Tokio, Fumio Hayashi, la razón principal del estancamiento de Japón en los últimos años, ha sido la disminución de la cantidad de trabajo hecho por los japoneses, o lo que es lo mismo, la productividad. Esto bien podría tener algo de cierto y estar causado por un contagio “globalizador” de las costumbres, igual que el grave problema de la natalidad.

Algunos nos inclinamos a ubicar el mayor peligro para Japón, en su corrupta clase política y empresarial, que ha conseguido que los japoneses pierdan su confianza. Hoy conocemos las consecuencias de la inmigración y las políticas liberales en Europa, ahogada en gastos, delincuencia, recortes sociales y de derechos y graves conflictos que la inmigración genera. En Japón estamos asistiendo a la resistencia del pueblo a pesar de sus gobernantes, a someterse a idénticos argumentos.

Japón ha demostrado en la práctica que es viable una sociedad extraordinariamente próspera sin la necesidad de inmigrantes y quizás por ello exenta del azote de la delincuencia. Es la prueba palpable de que es posible la coexistencia armoniosa entre tradición, orden, continuidad y democracia. Esperamos que el oasis del sol naciente sea capaz de lanzar por la borda el lastre de sus políticos neoliberales y mundialistas, y solucionar como en el pasado reciente sus problemas dentro del contexto de sus formas tradicionales. ¡Tenno Heika Banzai!